(Huye que te coge la muerte)
- Podría estar bastante encabronada por lo que me paso. Pero, es duro enojarme cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces pienso que estoy viendo todo a la vez, y es demasiado. Mi corazón se infla como un globo a punto de reventar, entonces me acuerdo de relajarme y dejar de tratar de aferrarme a ella. Entonces fluye a través de mí como lluvia y lo único que puedo sentir es gratitud por cada momento de mi vidita estúpida. Seguramente no tiene ni idea de lo que estoy hablando. Pero, no se preocupe algún día lo entenderá –
A medida que salgo, cada día más velozmente, del impacto de la muerte de mi padre, a menudo contemplo, con creciente tristeza, desde el mundo de los vivos, cómo huyen los recuerdos hacia un pasado irrecuperable, cómo se pierden en la lejanía alegres momentos sonrientes y como surgen unas ganas absurdas de que todo sea mentira. Y el sufrimiento crece en mi interior, indisolublemente unido a una extraña sensación temporal que poco tiene que ver con las personas o el sentimiento que provoca cada uno de los lugares en que estoy, en este mundo de los vivos que se jacta de demostrarme que como es lógico, todo sigue igual que antes.
Sufrimiento, tiempo, viaje, muerte. Quisiera que fueran éstos los ingredientes de este post. Y aunque el sufrimiento sea, a primera vista, un concepto poco definido, el tiempo aparezca poéticamente coloreado, el viaje me traiga a la memoria las hazañas y desventuras del legendario Ulises, y el único elemento claramente objetivo –la muerte- constituya el punto final de toda psicología, me gustaría enfocar el post desde un punto de vista que suene lo menos “victima” posible y para conseguirlo, no tengo más remedio que volver a empezar.
He empezado a escribir muy rápido, creí que me tomaría más tiempo afrontar esta realidad imperante y expresar lo que siento frente a ella. Esta es mi manera de hablar, me hace bien, lo siento. Usted está a tiempo de dejar de leer, cerrar el post y dedicarse a otra cosa.
De cara a la muerte, siempre tuve un concepto medianamente lógico. El sentimiento de que es parte final de un ciclo tan normal como la vida. De hecho, siempre he dicho que en países como el nuestro, la muerte pasó a ser un estado civil, una normalidad que no se celebra, un suceso que puede derivar en fosas de miles de personas. Un hecho excitante, pornográfico. Un titular de televisión. Nosotros nacemos con un “chip” de no sorpresa ante la muerte de los demás, crecemos en ciudades peligrosas donde el valor de la vida se reevalúa y al final, ahora en nuestra madures mental, rechazamos pero la dotamos de tanta naturalidad que podemos almorzar con ella. Me imagino que eso no pasa en un país donde la gente se muere por causas naturales o por fatiga del buen vivir, hay gente que se cansa de vivir y toma la última decisión de su vida, morir.
Es así como he visto la muerte, desde lejos, vestida de negro, con respeto hacia quienes se sentían afligidos. Pero ahora, despiadada, sin aviso alguno, se sentó conmigo. Entró a mi casa y como quien va de entrada por salida se llevo 1/3 de mi vida: mi papá.
Estoy bastante tranquila, por algunas personas me he dado cuenta que mi cara se muestra un poco triste y ha de ser lógico. Tengo un problema de expresión de adentro hacia afuera y algunos sentimientos simplemente se dan paso por los poros y derivan en expresiones de la cara.
Mi papá. Si hubiera un manual de cómo ser buen padre, él debería ser la portada. Y no porque fuera mi papá o porque todo muerto es bueno. Por una simple razón: NUNCA DEJO DE LUCHAR. Y no diré más, yo no tengo que demostrarle a nadie quien fue mi negrito.
Estoy tranquila, a pesar de que su muerte ni siquiera nos dio tiempo de reorganizarnos después del choque inicial del diagnostico de su enfermedad. Estoy tranquila porque murió conociendo quien era yo, porque recibí con pleitesía cada una de las cosas que me daba, porque fui en papel de hija lo que podía darle, porque me despedí, porque le dije que lo quería, porque no murió enojado conmigo, porque yo sé que soy yo, más que mi hermano, un retrato físico, emocional y mentalmente igual a él. Porque él ni yo, nos quedamos debiendo nada y ni la muerte nos dejó inconclusos.
Mi papá nunca quiso morirse, de hecho el nunca se le pasó por la mente que iba a morir. Nunca supo la gravedad de lo que tenía. Dentro de su cabeza asumía que entraría a operación y saldría caminando al siguiente día, cómo en las películas de “vaqueros” que él veía. Mi papá entró a cirugía y jamás volvió a despertar. Tres días después murió porque sí, porque su cuerpo ya no le respondió a toda la fuerza que, yo sé, el colocó para volver a despertar.
(Si existe el túnel)
Tuvo que ser muy difícil para mi papá verlo, así blanco como lo describen. Dandose cuenta de donde estaba tuvo que haber dicho: “HP, No puede ser. Me morí!”
(si existe un lugar donde están los muertos)
Tuvo que resignarse al final del túnel y haber dicho: “Que hijueputa, ya me morí. Busquemos a Celia Cruz y pongámonos a escuchar Son”
A todos nos pasan cosas duras, lo sé. Situaciones que nos toman por sorpresa y redefinen nuestra vida en un instante. Que dejan toda noción de normalidad en el pasado, abriéndonos a una enorme incertidumbre, que nos confunde y asusta. De hecho, mi vida YA no es la misma y sólo puedo imaginarme todos los cambios que se vienen.
Dicen que esas experiencias duras definen a las personas en su verdadera condición. Yo creo que es la actitud con la que escogen vivir esas experiencias la que las define realmente, especialmente cuando esa actitud es capaz de generar e inspirar en los demás un enorme círculo virtuoso de coraje y valor. Y esa actitud, como algún día lo escribí antes de que mi papá muriera, no es ni remotamente resignación pasiva. ¡Es una fe feroz en que todo saldrá bien!
Qué si he llorado. No, la verdad muy poco. Este es un dolor seco, sin agua, sin motivaciones. Seco. No sé si me entiendan, igual no importa logré mi cometido he hablado de la muerte de una manera superficial, pero de la muerte, nuestra muerte, la que nos espera. Todos -tanto yo como 1os lectores- vamos a morir. Se trata de un hecho natural, de una certeza irrefutable, que debería acompañarnos desde la infancia. Pero, déjenme vivir este dolor de lo normal. Por 1 segundo deseo que todo pare, el mundo mire hacia mí y reconozca este dolor. Déjenme ese acto de egoísmo es sano. En algún momento todos deseamos que el mundo gire alrededor nuestro.
Y sí, he logrado mi cometido porque he hablado, y si usted señor lector, ha llegado hasta aquí, sólo me queda decirle que gracias por escucharme.
“En mi celda llegué a batir un récord: bajo mi cama, y entre los prontuarios, en cierto momento existía según inventario una botella de Pommery, varias de discreto Medoc y dos de Fine Napoleón de 40 años, que guardábamos celosamente para el 24 de diciembre a la noche.”
Porque Me Hice Revolucionario, Barón Biza
Bai Ling: I don’t get it. Were does all that fun get you? If you find the right person, why waste time on the others?
Chow Mo Wan: If I find the right person? A man like me has nothing much except free time. Thats why I need company.
Bai Ling: So people are just time fillers to you?
Chow Mo Wan: I wouldn’t say that. Other people can borow my time to.
Bai Ling: And tonight? Are you borrowing me, or am I borrowing you?
Chow Mo Wan: No difference. Maybe I borrowed you earlier,now your borrowing me.
Bai Ling: Ridicoulous.
Esta historia está basada en hechos reales. Cualquier parecido con una borrachera es pura coincidencia.
Tan popular como malentendida, hasta menospreciada diría yo, es la sabiduría de algunos maestros conocedores de la vida y sus interminables placeres, mal llamados ebrios por los menos versados, trístemente rotulados como borrachos por las señoras de blusas poliester y buena familia junto a los demás abstemios casi siempre presentes en cada localidad que he podido conocer.
Es tal la erudición de algunos, que puede confundir desatinadamente a quien no esté atento a las palabras arrastradas y al contoneo lingüístico que puede ejecutar un sabio bebedor.
Aclaro que mi defensa por la bebida no está basada en la serie de magníficos monstruos intelectuales y creativos que con su sencilla presencia enriquecen bibliotecas y cabezas jóvenes. Se sabe que caballeros como Joyce, Bukowski, Van-Gogh, Faulkner, Twain, Morrison, G.B. Shaw, Hemmingway y quién sabe cuántos más que no he leído, eran dados a la bebida. Algunos incluso entregaron sus vidas a ella de boca y de pecho, cosa mal vista, también, por los no tan entendidos.
Yo mismo tuve el agrado de conocer en alguna madrugada a un ganador de Premio Nobel, que sin importar su estatus de capital intelectual del mundo, compartía un pedazo de acera con otros dos ilustres bebedores de aguardientosa sapiencia. Y bien pudo haber departido este señor con algún Hemingway o Faulkner, y que gusto me daría decirlo ahora aunque para suerte mía deba afirmar lo contrario.
En un principio me reí de este laureado señor y seguí con lo mío, una triste cerveza que se estaba calentando en mi mano debido a los calores habituales de ese diciembre de 1998 en una ciudad de la que prefiero no hablar debido a mi situación aduanera y porque prefiero prescindir de abogados para este relato.
Sin mayor explicación este desaliñado intelectual vino a mi par y acercó un vaso como el suyo hacia mí. Pude notar allí que el líquido no era transparente y que su olor no era ni de caña ni de anís, así que no podía ser aguardiente que yo conociera.
Meneó el vaso haciendo sonar los tres o cuatro cubos de hielo que nadaban en ese dorado y apetecible mar que cabía en una mano y sin pensarlo olvidé la sudorosa botella que honestamente ya me estaba asqueando.
Agradecido le dije mi nombre. José Nieto —sería su respuesta acompañada del saludo de manos.
Nieto me explicaría más adelante que no era ni tan erudito ni tan condecorado como declaraba a todo el que se cruzaba por su portal, que no era nieto de nadie pues nunca conoció a sus abuelos (cosa con la que me pude identificar), y que no sólo acaba de ofrecerme un vaso de whisky en las rocas, sino que estaba poniendo una fracción indeterminada del universo en mi mano.
Una fracción indeterminada del universo —repetí algo divertido por la idea.
Sí, una fracción del universo que entra en un vaso regordete y que sin embargo no estoy en capacidad de definir en este momento —dijo echando el mentón hacia abajo y relajando los hombros como quien traga un poquito de bilis.
Supo explicarme, mirando fijamente al vaso en su mano, que pocos bebían de manera y medida adecuada todo lo que el dorado líquido podía ofrecer. Que la sed de borrachera los hacía incapaces de percibir la infinitud de cada trago o que se conformaban apenas con paladearlo y distinguir si era malta o grano.
Me inspiró y me dispuse a beber el primero de muchos sorbos de whisky con ánimos de emborracharme al nivel de este señor y lograr ese nivel de empatía en la que las risas pasan de ser motivadas a ser compartidas.
Dirigía el vaso hacia mi boca cuando Nieto se aprestó a detenerme, indicando con la sofisticación que sólo tienen los caballeros de antaño, la forma precisa en que debía sostenerlo, ángulo de inclinación para remover el hielo y número de giros de muñeca para hacerlo sin alborotar a los millones de mundos que me iba a tragar. Todos detalles no menores y tan valiosos que no pretendo revelar hasta los dieciocho años de mi primogenito y sólo a él como bienvenida al gremio de catadores de cosmos.
Explicado y entendido, necesité de dos intentos para acercarme al toque experto de Nieto. Fue sólo al tercer trago de whisky cuando pude notar que no acercaba más el vaso a mis labios, por el contrario, era yo quien se soltaba por el borde de él como si fuese un despeñadero, moviéndome entre las rocas para sentir sobre mi lengua a civilizaciones enteras en guerra y paz, culturas perdidas y abandonadas a la memoria resbalar por mi garganta, y a soles, lunas y demás bondades estelares hacerse espacio por mi esófago, bañando mi plexo solar, alborotando las venas que llevaban el mensaje a mi cabeza, cabeza antes dura y que reventaba del regocijo por saber que ya no era un mundo solo, que tenía un universo, que no era uno sino miles, incontables universos llenos de mundos dentro de sí y de mí para hacerle compañía.
De un salto dejé el banco en el que estaba para abrazar a Nieto, quien conmovido casi hasta el llanto supo decirme que había sido una suerte para mí que él no tuviese hijos y no tanta para él que ya no los fuese a tener. Después de ese abrazo que nos hermanó un poco y nos juntó como a padre e hijo otro tanto, nos dedicamos a libar fracciones incontables de universos durante toda la noche, o al menos hasta donde recuerdo.
Lo siguiente que logro desempañar es el toque en el hombro y una profunda voz que decía “muchacho, acá no se puede dormir” proveniente del celador a cargo del soportal.
Supongo, porque no lo tengo tan claro, que logré arrastrarme las catorce cuadras que me separaban de aquella esquina hasta la casa en donde vivía, con una botella que contenía tres dedos de whisky e indefinida cantidad de universos como trofeo de aquella noche. El mencionado trofeo no duró tanto como el recuerdo.
Aunque frecuenté por más de media década las calles aledañas al soportal e incluso la misma acera en donde conocí a Nieto, jamás volví a verlo. De esa noche me quedó el respeto por los bebedores cultos y el aprendizaje que únicamente esta agua de vida, regalo que los celtas supieron pasar de copa en copa a través de generaciones, derrama sobre nosotros siempre que sepamos escuchar.
Por eso cada jueves nos juntamos entre amigos para beber, y no sé ellos, pero yo calculo que me dosifico unos veinte mil quinientos treinta y cuatro universos, si la noche es buena y hay suficiente hielo.
“Whisky is liquid sunshine”
George Bernard Shaw